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De una promesa, surgió mi resurrección.

lunes, 22 de julio de 2013

Reto del diez. 6/10




Nota: ¿No sabes lo que es el reto del diez? Puedes mirarlo aquí mismo:







La radio sonaba de espaldas a ella, sentada en un butacón muy oscuro. Se perdía entre pensamientos acompañados por las notas de una guitarra de cualquier grupo. Le daba igual, se sentía extraña, no triste, pero tampoco contenta.
Su cabeza, le decían, estaba enferma. Se lo había empezado a creer. Todo empezó en Abril cuando paseando por la calle sintió la necesidad de lanzarse a las vías del tranvía. Por suerte no iba sola y en cuanto movió un pie ,una mano la agarró de la cintura. No sabía muy bien el por qué había reaccionado así. Hasta aquella tarde había sido feliz, risueña. Ahora no sabía que eran las sensaciones. Su mente no las asociaba con nada. Oía pero no escuchaba. Miraba y no veía. Tocaba y no sentía.
Doctores de todo el mundo la habían visto tantas veces que no conocía un número que abarcase tantos reconocimientos. No sólo eso, sino todas las pruebas, los diagnósticos…Ya se dominaba instrumentos médicos que la mayoría de las personas desconocían. Había aprendido a entrar, sentarse en camillas blancas y esperar. Siempre subida a las agujas de los relojes. Haciendo tiempo a ver si algo cambiaba. Era inútil. Seguía igual que aquel horroroso día. Cada noche se sentaba en el mismo sitio y probaba a buscar algo de sentido en lo que se estaba convirtiendo su vida. La camisa blanca de su pijama siempre acababa empapada en sudor y lágrimas. La angustia de no ser como antes la envolvía en tanto en sueños como despierta. Tenía miedo de no poder volver a gritarle a alguien un te quiero o un te odio. De no poder conocer el sabor de las lágrimas. Sólo recordaban lo húmedas que eran y un cierto sabor amargo se colaba en su mente.
No estaba sola pero quería estarlo. Siempre había alguien detrás de la puerta esperando. La irritaba. ¿Esperando a qué? Le dolía, porque no solo estaba sufriendo ella sino todos los que la querían. Le daban cariño y ella solo quería irse. Quizás estaba esperando a la muerte pero le daba miedo decirlo en voz alta. Vivir ya no era lo mismo. No tener frío en una mañana de enero o no sentir calor en pleno agosto no era normal. Incluso el habla se estaba esfumando poco a poco, lo que la aislaba paulatinamente. Marginándola en un rincón de su cabeza.
Sólo le quedaba algo de esperanza cuando cada noche levantaba la sien y sus tristes ojos azules daban al paisaje de la noche. La luna era lo único que rebajaba su miedo durante unos minutos. Así hasta que se dormía para volver a caer en otra pesadilla. Alguna que no se alejase de su realidad.

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un hombre que establece su lugar
en la utopía.

Abelardo Castillo.