Nota: ¿No sabes lo que es el reto del diez? Puedes mirarlo aquí mismo:
La
radio sonaba de espaldas a ella, sentada en un butacón muy oscuro. Se perdía
entre pensamientos acompañados por las notas de una guitarra de cualquier
grupo. Le daba igual, se sentía extraña, no triste, pero tampoco contenta.
Su
cabeza, le decían, estaba enferma. Se lo había empezado a creer. Todo empezó en
Abril cuando paseando por la calle sintió la necesidad de lanzarse a las vías
del tranvía. Por suerte no iba sola y en cuanto movió un pie ,una mano la
agarró de la cintura. No sabía muy bien el por qué había reaccionado así. Hasta
aquella tarde había sido feliz, risueña. Ahora no sabía que eran las
sensaciones. Su mente no las asociaba con nada. Oía pero no escuchaba. Miraba y
no veía. Tocaba y no sentía.
Doctores
de todo el mundo la habían visto tantas veces que no conocía un número que
abarcase tantos reconocimientos. No sólo eso, sino todas las pruebas, los
diagnósticos…Ya se dominaba instrumentos médicos que la mayoría de las personas
desconocían. Había aprendido a entrar, sentarse en camillas blancas y esperar.
Siempre subida a las agujas de los relojes. Haciendo tiempo a ver si algo
cambiaba. Era inútil. Seguía igual que aquel horroroso día. Cada noche se
sentaba en el mismo sitio y probaba a buscar algo de sentido en lo que se
estaba convirtiendo su vida. La camisa blanca de su pijama siempre acababa
empapada en sudor y lágrimas. La angustia de no ser como antes la envolvía en
tanto en sueños como despierta. Tenía miedo de no poder volver a gritarle a
alguien un te quiero o un te odio. De no poder conocer el sabor de las
lágrimas. Sólo recordaban lo húmedas que eran y un cierto sabor amargo se
colaba en su mente.
No
estaba sola pero quería estarlo. Siempre había alguien detrás de la puerta
esperando. La irritaba. ¿Esperando a qué? Le dolía, porque no solo estaba
sufriendo ella sino todos los que la querían. Le daban cariño y ella solo
quería irse. Quizás estaba esperando a la muerte pero le daba miedo decirlo en
voz alta. Vivir ya no era lo mismo. No tener frío en una mañana de enero o no
sentir calor en pleno agosto no era normal. Incluso el habla se estaba
esfumando poco a poco, lo que la aislaba paulatinamente. Marginándola en un
rincón de su cabeza.
Sólo
le quedaba algo de esperanza cuando cada noche levantaba la sien y sus tristes
ojos azules daban al paisaje de la noche. La luna era lo único que rebajaba su
miedo durante unos minutos. Así hasta que se dormía para volver a caer en otra
pesadilla. Alguna que no se alejase de su realidad.
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Un escritor es,
un hombre que establece su lugar
en la utopía.
Abelardo Castillo.